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Fecha: 09 / 03 / 2014

La lucha de Stefan Zweig (I)
Por Javier Puig

En la Lucha contra el demonio, Zweig, de forma portentosa, describe las zozobras de tres personajes excesivos: Hölderlin, Kleist y Nietzsche. Lo común en ellos es su persecución – a través de su literatura, de su filosofía – de lo absoluto, el desprecio por lo corriente, su inadaptabilidad al mundo.

Hölderlin, al que dedica más de la mitad del libro, es poeta alemán que vive su vocación con exigencia casi religiosa. Su tarea está sometida a un imperativo de clara elevación sobre lo mundano. Su vida es renuncia a las posiciones respetables y seguras que se le ofrecen, desamparo exigido por las normas de su pureza. Lo tiene todo a su favor: una buena familia, posibilidad de estudios, de estimulantes relaciones. Pero su espíritu inquieto, despreciativo con la tibieza del mundo, lo arranca de todo ello. Conoce a los grandes poetas alemanes de la época: a Goethe, y muy especialmente a Schiller, con el que tiene cierto trato, pero los encuentra sumidos en la distancia de un aburguesamiento, de una racionalidad que constriñe su obra. Ellos se valen de su poesía para engrandecerse, para adornarse; por el contrario, Hölderlin quiere ser la poesía misma, no quiere investirse de ella sino fundirse con su espíritu, expresarse desde sus cantos, y, con ella, acercarse a los dioses. Al lado de la excelsa poesía, la vida terrenal y obligatoria en la que vive caído, le resulta depresiva.

Hölderlin pensaba que solo podría llegar a su proyectada altura desprendiéndose de la plúmbea realidad. Solo miraba hacia los supuestos dioses, incontaminados de la vulgaridad humana. No quiso saber que la gran poesía puede estar también detrás de lo corriente, que el gran poeta es el que también sabe mirar detrás de lo obvio. Y en su vida no accedió a transigir con las servidumbres que proporciona la estabilidad emocional. Hölderlin es un caso extremo, quizás exacerbado por el germen de la locura que, finalmente, en los últimos años, floreció en él, incentivada por sus obcecaciones. Zweig narra extensamente su padecimiento, su ascético periplo, con una prosa prodigiosa que, desde su riqueza expresiva, cerca el mal de este creador ansioso, su demonio, para intentar comprenderlo. La vida de este poeta fue un largo camino hacia el suicidio, aunque en su caso este solo afectara a su mente.

Nietzsche creyó en todo momento en la grandiosidad de su obra. Creía que su lucidez, su ambición, su rigor, su tenacidad, su valentía, le iban a llevar a crear páginas inconfundibles, que fundarían nuevas formas del pensar, que revocarían errores atávicos y persistentes. Aunque sabía que difícilmente podría ser seguido por unos pocos – al menos hasta sus ulteriores consecuencias –, sí esperaba que muchos se sintieran atraídos por la profundidad de sus transvaloraciones. La necesidad de dar a la luz su pensamiento, radicalmente crítico y creador a un mismo tiempo, lo condujo, desde la notoriedad social y los oficiales reconocimientos, al aislamiento voluntario, desde el que podría encontrar libre el camino de acceso al apogeo de sus indómitas verdades. Sin embargo, su oposición al mundo y a sus falsas creencias, no devino en desprecio hacia el hombre sencillo, sino en cortesía, en afabilidad que, en sus obligados descansos de sí mismo, prodigaba a todos los seres, consciente de su inocencia. Reservaba su furia, su beligerancia, para las ideas imperantes que habían adulterado la vida. Nietzsche se elevaba por encima de su cuerpo doliente y alcanzaba la vehemencia a través de una hipersensibilidad que utilizaba como afirmación apasionada de la vida. Enemigo de los moralismos y de cualquier consolación de la conciencia, no aspiraba a la felicidad sino a saberse sincero, a no caer en cualquier consolidación perversa. Huía de la banalidad, que no de la realidad pura, inmediata.

Kleist fue poeta, dramaturgo, novelista que vivió el romanticismo alemán. Sus obras no gozaron del éxito y la comprensión en vida. Para su familia era un fracasado que había despreciado las oportunidades de tener una ocupación lucrativa y decible. Para sus amigos, un ser muy inestable. Para el público, un dramaturgo incomprensible, excesivo. Era un joven de temperamento volcánico, hipersensible, muy drástico en sus valoraciones. No aceptaba términos medios, su vida solo podía ser éxito total o fracaso. Perseguía el éxtasis, ambicionaba la inmortalidad, alcanzar cumbres literarias inéditas. Despreciaba lo vulgar aunque ello le supusiera una agarradera para su supervivencia emocional. Vivía como un extraño insertado en el mundo. Se entregaba únicamente a una obra que brotaba indefectiblemente como tragedia. No podía prescindir del arte, ya que con él se liberaba de sus tortuosos sentimientos. Desde muy pronto, se sintió atraído hacia la muerte. Se imaginaba un final magnífico, a ser posible acompañado de otro ser querido, pues temía una eternidad solitaria. A la edad de treinta y tres años encontró a una joven, enferma terminal de cáncer, que aceptó morir con él. El día propicio, Kleist le disparó un tiro para a continuación volver el arma contra sí mismo.

Zweig publicó este libro en 1.921. En él, como en el resto de las obras que dedicó a grandes personajes, describía los escenarios de esas almas, haciendo hincapié en sus momentos más significativos, sin la pretensión biográfica de la anécdota, del dato histórico. Eran ensayos, aproximaciones psicológicas. Su prosa era indagatoria, luminosa. Con la vehemencia de sus palabras, lograba exponer los más finos matices de los sentimientos de unos hombres y mujeres que habían decidido vivir sin permitirse abortivas autocomplacencias. A la vista del póstumo descubrimiento de su vida interior, no parece que la elección de los extremos y convulsos personajes de La lucha contra el demonio, fuera motivada meramente por la búsqueda de un aprovechamiento de sus características claramente singulares, favorecedoras de una temática brillante. Se intuye en esa preferencia un sentimiento de afinidad, oculto bajo la apariencia de una vida exitosa, cobijado en su interior, agazapado en sombras de despertar recurrente. De hecho, su suicidio, veintiún años más tarde, junto a su secretaria y esposa Lotte, parece inspirado en el de Kleist. Ese misterio de la coexistencia, en una misma persona, de una vida apasionada y fructífera, y a la vez aquejada de una insatisfacción latente, es una realidad a la que trataré de acercarme en mi próximo artículo.

 

Compartir Fuente: José Luis, Zerón


 
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