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La bella peripecia de Elia en La vuelta al mundo en una pompa de jabón
Por Javier Puig

La editorial Separata, en su presentación de una nueva serie de cuentos, divididos en cuatro colecciones, nos dice que los mismos “son para todas las edades”. Y tal vez haya mucha razón en ello, pues, aunque están escritos e ilustrados en la dulce expresión que dirigimos a los niños.

– no exenta de ese secreto barniz que nos infunde la agazapada existencia de lo triste - , los adultos necesitaríamos contagiarnos de algún matiz de estas historias. Haríamos bien en recuperar esa levedad, incorporar a nuestras vidas algunos gramos de inocencia, las bellas proyecciones que perdimos en las peores desviaciones de nuestro ser primigenio. 

Esta primera historia de las dedicadas a Elia, La vuelta al mundo en una pompa de jabón, ideada y bellamente ilustrada por el excelente novelista José Antonio Muñoz Grau, nos sitúa en un mundo en donde, a pesar de todo, vence la fuerza de la generosidad, en el que, mediante la fantasía, se ensayan los deseos más íntegros. El escenario del relato es una “escuela mágica”, un lugar donde cabe un mundo tan amplio como podamos imaginar. Los protagonistas son unos niños y niñas llenos de vida, de hambre de saber, de avanzar por los senderos que uno mismo, sin miedo, con confianza, va construyendo. Y, frente a ellos, hay una figura que actúa como incentivo, como propulsión y ordenamiento de tanta vitalidad desatada; es la del maestro, un don José cuya pasión es la de despertar la creatividad de sus alumnos, de encauzarla y propiciar una bondad atrevida, capaz de desinstalar las visiones más mezquinas.

Elia, la protagonista de este primer cuento, es una niña que actúa desde la espontaneidad. Hace las cosas desde su noble concepción del mundo, la de considerarlo el lugar donde es posible avanzar desde la máxima pureza. Desde su inocencia, hay cosas que no comprende, aquellas a los que los mayores les hemos buscado una astuta argumentación que justifique su desilusionante persistencia.

Nos hallamos en una clase de primaria, ese lugar tan especial en el que pueden ocurrir tantas maravillas, como que haya un maestro, ese susodicho don José, que ame sin reservas a los niños, que prepare las clases para que resulten una continua revelación; para que, en los rostros que tiene enfrente, se abran los ojos de interés y de sorpresa sus bocas; para que, en esas mentes casi intactas, germinen hermosas ideas que conduzcan a reparadores futuros. Don José inicia las clases irrumpiendo con la consigna de lo inesperado. Siempre les habla con veneración de los inmensos prodigios, de esos que están ahí, a su alcance, pero que aún no han sabido ver en toda su bellísima magnitud. Hoy, por ejemplo, les habla del horizonte, de esa línea misteriosa que no está en ningún lugar, que depende de nosotros en su posición indecisa.

Se trata de ejercitar las posibilidades de la imaginación. El maestro apunta una visión y el alumno recoge el guante, despega desde ese prometedor atisbo. Los que rodean a Elia son niños despiertos que preguntan más que afirman, o que preguntan afirmando sus hallazgos en marcha, que esperan mientras celebran cada inminente inauguración de su sentir. Así se inicia una historia fantástica compartida. Elia es la protagonista, la niña que da una vertiginosa vuelta al mundo dentro de una pompa de jabón, pero sus compañeros, desde su expectación,  son copartícipes necesarios. Entre ellos se establece un alegre enlace, basado en el saber aprendido, en la inteligencia exprimida, siempre desde el goce de abordar el propio crecimiento, la exultante expansión de lo que se está empezando a ser.

Esta historia alude, sobre todo, a la pena de que existan las fronteras entre los países, pero también entre las personas. Los niños son capaces de darnos lecciones. Dicen cosas tan desusadas, que resultarían incoherentes en los desorientados adultos, como: “La amistad es el mejor de los puentes” o “hay que acercarse a la gente…” En ese maravilloso viaje de Elia, hay numerosas muestras de humor, y la mayoría hacen referencia al mundo circunspecto y asfixiante de los mayores.

Pronto, vemos como ese insólito acontecimiento se agranda. Ya tiene cobertura informativa mundial, afecta a las cotizaciones del jabón, requiere de los avisos a Protección Civil o de la formación en el gobierno de un Gabinete de Crisis. Y, mientras tanto, se oyen mensajes tan consentidamente inverosímiles como este, dirigidos a esa niña viajera: “Los papás y los abus te mandan saludos”. Es este un relato medidamente desmadrado en su disparate genial.

La vuelta al mundo en una pompa de jabón es una rica confluencia de aventura, de humor, de ternura, de poesía; un apunte de cómo se puede llegar a ser sabio desde una actitud franca y valiente, desde una sensibilidad no contaminada de prejuicios ni de resquemores. Los giros del relato, los continuos gags, hacen que el lector se deslice por la trama montado en una gran y didáctica diversión. Elia traspasa las absurdas fronteras y los fútiles enfrentamientos. Amamos en estas páginas a esos niños que alientan una voluntad constructiva, una curiosidad que no es la del cotilla sino la de aquel que aún cree que el mundo puede mejorarse. Amamos aquí, sobre todo, a Elia, a la que descubrimos tras las palabras pero también en los tiernos, suaves, ingrávidos dibujos de Muñoz Grau. En un momento del relato, oímos decir a don José: “Viajar es como leer libros que aún no se han escrito”. Yo diría que leer cuentos como este es hacer un viaje por un lugar que aún no existe, un lugar que, entre todos, nos urge construir.  

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