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El Doble Ser de Chet Baker
Artículo de Javier Puig

Hace unos diez años, un generoso amigo me dejó un centenar de discos que, durante varias semanas, escuché con avidez y felicidad. Entre ellos, había muchos buenísimos, que fueron, para mí, grandes descubrimientos o sólidas confirmaciones de músicos imprescindibles; pero enseguida me atrajeron, muy especialmente, los tres o cuatro de Chet Baker

que siendo, tal vez, de una calidad equiparable a algunos de los otros, tenían esa vibración especial de algunas obras artísticas que se nos hacen íntimas desde el primer momento.

            No sabía nada él, no conocía su imagen, su historia. Creo que es la mejor manera de acercarse a un artista, o sería más exacto decir: a su estricto arte. Sin prejuicios, sin la contaminación de una antipatía o simpatía hacia su persona, sin saber nada de su ideología, de sus maldades. Hay que destacar la obra, seccionarla de la vida que la produjo, aislarla hasta reconocer en ella tan solo el sesgo personal que corresponde a su hálito artístico.

            Chet Baker era un músico de jazz singular, uno de los pocos que han brillado a gran altura en sus vertientes instrumental y vocal. Apenas necesitó componer para crear. Escucharlo es entrar en el territorio de la emoción. Las notas de su trompeta parecen penetrar en una oscuridad en la que habita una desamparada calidez. Atendía a la llamada de lo sutil, sabía de la exacta duración de las notas,  la que define la expresión singular, la ubicación única del ser, el alcanzado lugar de los graves presentimientos. En él cada nota era esencial, como un paso más hacia una cuidadosa inmersión en las profundidades del tiempo. Descendido de los pensamientos, se prodigaba tenaz en la fragilidad de sus suaves impulsos; adherido a la noche, esperaba el alma.

            Desde sus discos, su voz nos llega como un susurro prolongado que abre las canciones para vivir tiernamente en ellas. Esa voz que acaricia para adentro, modula la incursión en los recovecos de los verdaderos, de espaldas a los insustanciales destellos. Era un cantante limitado, pero vivo, genuino. No mera voz tecnificada, protegida de las inclemencias; o gorgorito televisivo, profanador de logradas melodías.

            Después de estos años de escucharlo, de vislumbrar al personaje en esporádicas visitas a youtube, he visto ahora el documental Let´s get lost que pretende mostrarnos, sin ambages, junto a su expresión musical, la vertiente personal más prosaica. Es una intromisión que no afecta a su música. Lo vemos un año antes de morir, investido de una tristeza espectral, un rostro de indigente voluntario. Hay un momento en que la impiedad del director del documental hace suceder, a unas imágenes de Chet muy joven, inmaculado, de ojos abiertos, el rostro devastado del Chet de 57 años, raído por los castigos corporales y mentales a los que se sometió con la desmedida utilización de las drogas. Vemos cómo hablan de él las personas de su vida, ninguna con verdadero amor. Todas sintieron por él, en su momento, fascinación, gratitud hacia su don, hacia su belleza genética; pero, con el tiempo, lo que, mayoritariamente, permanece es el reproche a su carácter manipulador. Preguntada su madre sobre si le había decepcionado su hijo, se niega a responder, celosa de sus ambivalentes y dolorosos sentimientos, que sabe irremediables con el pensar, confusos con el decir.

            Chet Baker era un doble ser. Su ser no musical estaba atraído por los vericuetos de la destrucción, se dejaba vivir por una demacrada imagen de sí mismo. Su dignidad era la aceptación de las consecuencias. Vivía despidiéndose, consintiendo todas las consumaciones. Se sometía a la rotunda afirmación de un mundo paralelo, exento de banales tropiezos y de correspondencias engorrosas.

Su música nacía de otro ser, preservado, infinito. Cantar, tocar, era reconectar con esa búsqueda de origen desconocido que lo impulsaba hacia las verdades indemostrables. En Chet Baker alentaba la pasión romántica. Había nacido de la música a un mundo sobrado de realidades, pero capaz de trastornar a los espíritus más sensibles. Era uno de esos seres descarriados de la moral, esquivos a la luz, que, propensos a la melancolía, tienen, como único aliento, la peligrosa proliferación de la belleza.

           

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